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El pugio romano

El pugio: anatomía de un enigma con filo

I. El arma que no sabemos nombrar

Hay un problema en la vitrina de cualquier museo con sala romana. El gladius ocupa el centro, bien iluminado, con su cartelería didáctica. Los pila se alinean al fondo, verticales, inequívocos. Y en un rincón, casi siempre en posición secundaria, descansa un puñal de hoja ancha con nervio central, doble filo y una vaina que contradice su tamaño: demasiado decorada para un objeto menor, demasiado pequeña para ser protagonista. Es el pugio. Y el problema no es de iluminación. Es que después de más de un siglo de arqueología militar romana, seguimos sin poder explicar con certeza para qué servía.

No es una exageración retórica. Polibio describe la panoplia del legionario republicano y lo omite. Vegecio, que escribe cuando el arma ya lleva décadas fuera de servicio, la menciona de pasada. Los manuales de táctica callan. Y sin embargo, la arqueología sigue desenterrando pugiones en cantidades que desmienten el silencio de los textos: en Teutoburgo, en Vindonissa, en Vetera, en Künzing. Los soldados los portaban, los decoraban, gastaban su stipendium en embellecer sus vainas con damasquinados de plata y nielados de extraordinaria factura. Y cuando morían, a veces se los llevaban a la tumba.

Estamos, pues, ante un objeto que sus propios dueños consideraban valioso pero que sus cronistas apenas mencionan. Un arma cuya función táctica permanece en disputa, cuyo papel simbólico ha sido sobredimensionado por la literatura antigua y cuya desaparición del registro militar —que en realidad fue una transformación, no una extinción— plantea preguntas incómodas sobre la identidad del soldado romano. Este artículo intenta recorrer esas preguntas sin resolver las que no tienen respuesta honesta.


II. El objeto: lo que el acero dice cuando los textos callan

Antes de buscar significados conviene detenerse en la cosa misma. Un pugio del siglo I d.C. —el periodo de máxima estandarización y riqueza decorativa— presenta una hoja de entre 18 y 28 centímetros de longitud media, aunque algunos ejemplares alcanzan los 30. La forma predominante es foliácea o pistiliforme: se ensancha desde la espiga, alcanza su máxima anchura en el tercio medio de la hoja y converge hacia una punta aguda. Un nervio central —a veces una costilla elevada, a veces una sección romboidal— recorre toda su longitud y aumenta la rigidez del conjunto. Doble filo. Siempre doble filo.

Esa morfología procede directamente de los puñales bidiscoidales celtibéricos que los romanos conocieron en las guerras de la Península durante los siglos III y II a.C. La adopción no fue inmediata: los primeros pugiones romanos aparecen en contextos tardorrepublicanos, y su generalización coincide con las reformas augusteas del ejército profesional. Pero la deuda formal con los modelos hispanos es evidente en la estructura del enmangue y en el perfil de la hoja, optimizado para la penetración, no para el corte.

Y aquí empieza la primera grieta en las interpretaciones convencionales. Durante décadas, una corriente historiográfica trató de explicar el pugio como una herramienta utilitaria: el cuchillo de campamento del legionario, su navaja multiusos para cortar cuerda, preparar alimentos, tallar estacas. La hipótesis tiene una lógica superficial —todo soldado necesita un cuchillo— pero no resiste el examen de la pieza. Un instrumento diseñado para tareas cotidianas requiere un solo filo, una hoja más corta y un perfil recto que facilite el control del corte. El pugio ofrece exactamente lo contrario: doble filo, nervio de refuerzo, punta convergente. Su geometría está calculada para penetrar, no para rebanar. El experto en armamento romano M. C. Bishop fue tajante al descartar esta lectura: atribuir función utilitaria a un arma con esas características equivale a devaluar deliberadamente el objeto.

La segunda hipótesis —arma de último recurso cuando se pierde el gladius— tampoco satisface del todo. Es verosímil, pero insuficiente: explicaría la presencia del pugio en el cinturón, mas no justificaría la inversión económica que los soldados destinaban a decorar un objeto que solo se usaría en caso de catástrofe personal. Nadie engarza plata y esmalte en un extintor.

Queda una tercera lectura, que no excluye las anteriores sino que las integra: el pugio como arma especializada para el combate en mêlée cerrada, el cuerpo a cuerpo extremo donde la densidad de combatientes impide desenvainar o manejar una espada, por corta que sea. Tácito proporciona el único testimonio táctico explícito en sus Historias, cuando describe el asedio de Vetera (69-70 d.C.): los defensores emplearon pugiones contra los atacantes que escalaban las murallas, un espacio donde incluso el gladius resultaba incómodo. Dion Casio completa el cuadro al narrar cómo las tropas de César recurrieron a sus puñales contra los germanos cuando la presión de los cuerpos hacía imposible el manejo de hojas más largas.

El pugio, entonces, no era ni cuchillo de cocina ni seguro de vida. Era un arma de distancia cero: la que un legionario hundía en el cuello o entre las costillas de un enemigo que ya le estaba encima. Su posición en el cingulum —lado izquierdo para la tropa, derecho para los oficiales— permitía un acceso cruzado rápido con la mano que no empuñaba el escudo o la espada. Los investigadores Saliola y Casprini la han comparado con una semispatha, una espada reducida para el momento en que la formación se rompe y el combate se convierte en asfixia y acero.


III. La vaina: cuando el continente supera al contenido

Si la hoja plantea problemas de interpretación funcional, la vaina los resuelve en otro plano. Porque las vainas de pugio del Alto Imperio constituyen, sin discusión, las piezas de armamento personal más elaboradas que produjo la manufactura militar romana.

Las vainas del periodo Julio-Claudio presentan un armazón metálico —generalmente de hierro, a veces de aleación de cobre— sobre el que se aplican paneles decorativos trabajados con técnicas que exigen un artesanado especializado. Los damasquinados de plata y latón forman patrones geométricos, vegetales o figurativos. Algunos ejemplares incorporan esmaltes de colores —rojo, azul, verde— en celdillas (champlevé) que transforman la superficie del objeto en un mosaico policromo. Otros emplean nielado: una aleación oscura de plata y azufre que se funde en líneas incisas para crear un contraste gráfico de precisión casi orfebre. La placa frontal de una vaina de Vindonissa o de Leeuwen no tiene nada que envidiar a una fíbula de lujo o a un aplique de carro ceremonial.

Esa inversión decorativa transmite un mensaje que los textos omiten pero la materia grita: el pugio era un marcador de estatus. Dentro de una panoplia donde el escudo, la loriga y el casco seguían patrones relativamente uniformes, el puñal y su vaina ofrecían al soldado un espacio de individualización. El legionario que gastaba semanas de paga en una vaina nielada no lo hacía para cortar mejor la carne del rancho. Lo hacía para distinguirse. Para señalar que era un profesional con recursos, un miles con años de servicio y capacidad económica.

La prueba negativa confirma la lectura. Cuando la dinastía Flavia impuso su programa de austeridad militar tras los excesos del año de los cuatro emperadores, la decoración de los pugiones se desplomó. Las vainas del periodo trajaneo y adrianeo —el llamado Tercer Periodo tipológico— abandonan los damasquinados y los esmaltes en favor de armazones de hierro sobrios, casi desnudos. El arma no desaparece, pero pierde su función ostentativa. Vespasiano y sus sucesores necesitaban un ejército disciplinado, no un ejército enjoyado. La reforma alcanzó incluso al cinturón militar: las placas ornamentadas del cingulum julio-claudio cedieron paso a modelos más simples. El pugio se militarizó, si cabe la paradoja, al despojarse de su lujo civil.


IV. El puñal de los poderosos: honesta mors y propaganda

Si las fuentes literarias callan sobre la función táctica del pugio, compensan con creces al hablar de su función política. Y aquí el historiador debe caminar con cuidado, porque lo que encuentra no es tanto historia como escenografía moral.

La tradición narrativa romana —Tácito, Suetonio, Plutarco, Valerio Máximo, Séneca— construyó alrededor del pugio un relato que vincula el puñal con la muerte digna (honesta mors), la libertad última y el poder sobre la propia vida. Pero un examen estadístico de las fuentes revela un sesgo demoledor: de los casos de suicidio narrados explícitamente con pugio, ninguno corresponde a un soldado raso. Todos —sin excepción documentada— pertenecen a la aristocracia senatorial o al estamento imperial.

El caso paradigmático es Otón. En abril del 69 d.C., derrotado en Bedríaco y consciente de que prolongar la guerra civil solo multiplicaría las muertes, el emperador tomó una decisión que sus cronistas convirtieron en pieza de teatro moral. Suetonio narra la escena con cadencia de ritual: Otón pidió dos pugiones, comprobó el filo de ambos, eligió uno, lo colocó bajo la almohada, durmió una noche entera con sueño profundo y al amanecer se lo clavó bajo la tetilla izquierda con un solo golpe. La muerte fue rápida. El gesto, calculado. El pugio no funciona aquí como arma sino como instrumento de redención: Otón, que había accedido al trono mediante el asesinato de Galba, recupera su auctoritas moral con un suicidio impecable en su ejecución y generoso en su motivación.

El contraste deliberado es Nerón. La propaganda antineroniana emplea el pugio como prueba de cobardía: Suetonio cuenta que el emperador, acorralado, tomó dos puñales, palpó sus filos, pero no se atrevió a usarlos, alegando que “aún no había llegado la hora fatal” (nondum adesse fatalem horam). Necesitó la ayuda de su liberto Epafrodito para completar el acto. La incapacidad de empuñar el pugio con determinación equivale, en la gramática moral romana, a la ausencia de virtus: si no puedes matarte, no mereces gobernar.

El tercer pilar de la construcción simbólica es anterior a ambos: los Idus de Marzo. Bruto acuñó denarios con dos pugiones flanqueando un pileus —el gorro de la libertad que se entregaba a los esclavos manumitidos— y la leyenda EID MAR. La elección del pugio como símbolo en la moneda no es casual: fue el arma empleada contra César porque era la única que los conspiradores podían ocultar bajo la toga en la Curia. El Senado era un espacio civil donde no se portaba gladius. Pero la propaganda de Bruto transformó esa limitación práctica en declaración ideológica: el pugio dejó de ser el arma del disimulo para convertirse en la herramienta sagrada de la Libertas.

Hay un patrón: en los tres casos, el pugio opera en un contexto civil, no militar. Lo empuñan senadores, emperadores, conspiradores. Hombres que no llevan gladius porque no están en campaña. El puñal adquiere su carga simbólica precisamente porque es el arma disponible cuando la espada no lo está. Es el último filo al alcance de quien ya no tiene otro.


V. La muerte del soldado: lo que las fuentes no dicen

¿Y el legionario? ¿Concebía su pugio como instrumento de suicidio honorable, como una salida estoica de la que disponer cuando la derrota lo exigiera?

La respuesta honesta es que no lo sabemos. Pero la evidencia disponible sugiere que no.

Cuando las fuentes narran suicidios militares colectivos —los supervivientes de Teutoburgo en el 9 d.C., los veteranos de la Legio Martia atrapados en naves incendiadas durante las guerras civiles, los soldados romanos cercados por los frisones en el 28 d.C.—, el mecanismo descrito es distinto al de la élite. Los soldados “caen sobre sus espadas” o se matan unos a otros. Usan el gladius, su arma principal, o recurren al auxilio mutuo: un compañero que atraviesa a quien se lo pide. Apiano describe a los hombres de la Legio Martia suicidándose para evitar la deshonra del ahogamiento, pero no especifica ningún ritual con el puñal. Es un acto pragmático y desesperado, ejecutado con lo que se tenga a mano.

El propio Catón de Útica, cuya muerte se convirtió en el paradigma del suicidio republicano, no empleó un pugio: usó una espada. Y Bruto, el tiranicida que grabó pugiones en sus monedas, se arrojó sobre su propia espada según Plutarco, no sobre su puñal. La moneda dice una cosa. El cuerpo dice otra.

Lo que emerge de este desfase es un fenómeno de clase. La honesta mors con pugio es un tropo literario de la aristocracia estoica, no una práctica documentada de la tropa. Séneca, su principal teórico, utiliza ejemplos de gladiadores y condenados a la arena que se suicidan con métodos grotescos —asfixia con esponjas de letrina, cabezas metidas entre los radios de un carro— para avergonzar a los senadores: si un infamis puede morir con dignidad, vosotros no tenéis excusa. Pero el reproche funciona precisamente porque va dirigido a la élite, no al campamento.

Proyectar el discurso senequiano sobre el legionario equivale a confundir el manual del estoicismo con el reglamento militar. El soldado romano tenía su propia relación con la muerte y con el honor, pero su objeto de devoción no era el puñal: eran las águilas. Los signa y las imagines imperiales recibían culto en el sacellum del campamento. Perder un águila era una catástrofe religiosa y militar que podía condenar a una legión entera al damnatio. El pugio no recibió nunca ese tipo de veneración.

Es tentador —y el mercado de la divulgación cede a menudo a la tentación— establecer un paralelo entre el binomio samurái-seppuku-katana y una supuesta equivalencia legionario-honesta mors-pugio. El paralelo no resiste un examen serio. La katana posee en la cultura japonesa una dimensión ontológica —es el alma del guerrero— que ningún objeto de la panoplia romana iguala. El seppuku es un ritual codificado hasta en la dirección del corte, con un kaishakunin designado y un protocolo social complejo. Nada de eso existe en Roma. Para el romano, el pugio era lo que los autores cristianos tardíos llamaron con sorna un gladius brevis: una espada corta. Funcional, apreciada, decorada, sí. Pero herramienta, no alma.


VI. La transformación: lo que no desapareció

Un argumento recurrente contra la importancia del pugio señala su supuesta desaparición del registro arqueológico en el siglo II d.C. Si era tan central para la identidad del soldado, ¿por qué dejaron de portarlo?

La premisa es incorrecta. El pugio no desaparece en el siglo II: se transforma. Los ejemplares del Tercer Periodo tipológico —datables entre Trajano y mediados del siglo III— muestran un cambio morfológico radical: las hojas se alargan hasta los 45 centímetros y se ensanchan hasta los 8, acentuando el perfil pistiliforme. La decoración se reduce al mínimo. El arma crece, se simplifica y se acerca funcionalmente a lo que Vegecio llamará semispatha: una media espada.

Los hallazgos confirman la continuidad. El campamento de Buciumi, en la Dacia, proporciona ejemplares datados entre el 106 y el 115 d.C. Monedas de Antonino Pío fechan otros entre el 140 y el 144. El depósito de armas de Künzing, en Raetia, extiende la cronología hasta mediados del siglo III, hacia el 250 d.C. El pugio se mantuvo en servicio durante al menos trescientos años si contamos desde los prototipos tardorrepublicanos.

Lo que sí desaparece en el tránsito al siglo II es la ostentación. Y eso responde a una decisión política, no a una pérdida de identidad marcial. La austeridad flaviana —y después la disciplina adrianea— eliminaron el lujo personal del equipamiento militar. Las vainas enjoyadas del periodo julio-claudio dejaron paso a fundas de hierro sin decoración. El pugio dejó de ser joya, pero siguió siendo puñal.

Su distribución geográfica tampoco fue uniforme. Los hallazgos se concentran abrumadoramente en el limes renano-danubiano y en Britania inferior: las fronteras donde el combate de infantería pesada contra germanos y dacios exigía un arma de mêlée. En Oriente y en África, donde las amenazas eran distintas y las tácticas otras, el pugio escasea. No era un estándar panimperal. Era el arma de las legiones que combatían cuerpo a cuerpo en las fronteras más violentas del Imperio.

Su desaparición definitiva, hacia el 250-260 d.C., no responde a un cambio de mentalidad sino a un cambio de guerra. El ejército tardorromano giró hacia formaciones defensivas de muro de escudos (fulcum), la caballería pesada ganó protagonismo con las reformas de Galieno, y el combate a distancia cero —el ecosistema natural del pugio— dejó de ser el eje de la doctrina táctica. El arma no fue abandonada por irrelevante. Fue superada por un mundo que ya no peleaba como antes.


VII. Apertura: lo que queda en el cinturón

Al final del recorrido, el pugio permanece como lo que siempre fue: un enigma parcial. Sabemos más sobre su forma que sobre su uso. Más sobre quién lo llevó al suicidio literario que sobre quién lo hundió en un cuello germano durante un asalto nocturno en el Rin. Las fuentes textuales lo distorsionan hacia arriba —lo convierten en símbolo filosófico de la libertad estoica— mientras la arqueología lo ancla en el barro de las fronteras, decorado con plata pero diseñado para matar a distancia de abrazo.

Quizá ahí resida su atractivo irreductible. El pugio es un objeto que obliga a decidir. No se deja domesticar como cuchillo de campaña: su hoja de doble filo y su nervio de penetración lo desmienten. No se deja elevar cómodamente a reliquia espiritual: los romanos reservaban esa categoría para sus águilas, no para su acero personal. Y no se deja ignorar: las vainas damasquinadas del siglo I exigen una atención que ningún soldado habría dedicado a un objeto trivial.

Lo que queda, cuando se retira la retórica de Séneca y la propaganda de Bruto y la escenografía de Suetonio, es algo más sencillo y más poderoso: un arma de combate que un hombre profesional eligió decorar con materiales preciosos. Un objeto que costaba dinero y tiempo y que se llevaba en el cinturón cada día, visible, como parte de la declaración silenciosa de quién era su portador. No un alma de acero. No un instrumento filosófico. Un puñal hermoso y letal que decía, sin necesidad de palabras: soy soldado.

Tenerlo en la mano —sostener una reproducción fiel, con su peso de hierro y su equilibrio calculado entre la espiga y la punta— es la forma más directa de entender algo que los textos no pueden transmitir. La sensación de un arma diseñada para un espacio donde no cabe una espada. El grosor del nervio central bajo el pulgar. La anchura de la hoja que explica, mejor que cualquier párrafo de Tácito, por qué un golpe con ese perfil foliáceo causaba una herida de la que nadie se recuperaba.

Los textos mienten, exageran, seleccionan. El acero no.


Nota del autor: Las 145 citas clásicas del término pugio referidas en el cuerpo del artículo proceden del corpus analizado en las monografías especializadas de M. C. Bishop, Saliola y Casprini, y Fernández Ibáñez. La clasificación tipológica en tres periodos sigue el esquema revisado por Bishop (2020). 

Periodo / Fecha Hito / Evento Contexto Histórico Detalles del Uso o Diseño
Siglos VIII - VI a.C. Fase Arcaica e influencias itálicas Monarquía Romana y pueblos apenínicos. Uso de puñales de prestigio con empuñaduras de cruz y hojas lanceoladas ("Pugio Monarchico"). El arma es un símbolo de estatus para la élite.
Siglos V - IV a.C. Génesis en la Meseta Ibérica Segunda Edad del Hierro en Hispania. Desarrollo del puñal de "frontón" y los modelos de "antenas atrofiadas" en la cultura celtibérica (Miraveche-Monte Bernorio). Antecedente tipológico directo del pugio romano.
Siglo III a.C. Contacto y Segunda Guerra Púnica Guerras en Hispania contra Cartago. Los romanos adoptan el puñal bidiscoidal celtibérico tras enfrentarse a sus mercenarios. Introducción de la vaina de marco (Rahmenscheide).
Siglo II a.C. Integración en la Panoplia Republicana Guerras Celtibéricas y expansión mediterránea. El pugio se convierte en arma secundaria estándar del legionario. Hallazgos clave en los campamentos de Numancia y Renieblas.
Finales Siglo II - I a.C. Reformas de Mario y Profesionalización Estandarización del equipo estatal. Aparición de la empuñadura de arista (hierro facetado). El arma se suspende del cinturón (balteus) y se convierte en parte del equipo reglamentario.
44 a.C. Idus de Marzo Fin de la República (Asesinato de César). Uso del pugio como arma de asesinato político debido a su facilidad para ocultarse bajo la toga. Iconografía posterior en el denario EID MAR de Bruto.
Siglo I d.C. Apogeo Imperial (Julio-Claudios y Flavios) Principado y Pax Romana. Estandarización máxima: hojas pistiliformes (forma de sauce) y vainas lujosas con nielado y plata. Diferenciación de rango: los centuriones lo portan en el lado izquierdo.
Siglo II d.C. Aumento de dimensiones Guerras Marcomannas (Marco Aurelio). El puñal aumenta de tamaño (superando los 30 cm), asemejándose a un pequeño gladius. Las vainas se simplifican hacia marcos de hierro más funcionales.
Siglo III d.C. Tipo Künzing y crisis militar Reformas de Septimio Severo. Hojas muy anchas y cortas ("tipo pezuña"). Empieza a declinar su uso en favor de la semispatha, quedando restringido a oficiales y cuerpos de élite (lanciarii).
Siglos IV - V a.C. Desaparición y transición germánica Bajo Imperio y reformas de Constantino. El pugio tradicional desaparece del equipo reglamentario. Es sustituido por cuchillos de un solo filo de influencia germánica y cuchillos utilitarios.

 

 

Fuentes Secundarias y Estudios Arqueológicos

  • Bishop, M. C., y J. C. N. Coulston. Roman Military Equipment: From the Punic Wars to the Fall of Rome. 2.ª ed. Oxford: Oxbow Books, 2006.
  • Connolly, Peter. "Pilum, Gladius and Pugio in the Late Republic". Journal of Roman Military Equipment Studies 8 (1997): 41-57.
  • De Pablo Martínez, Roberto. "El pugio: nuevos datos para el estudio de su origen". Gladius 32 (2012): 49-68.
  • Fernández Ibáñez, Carmelo. "Las dagas del ejército altoimperial en Hispania". Gladius 28 (2008): 87-175.
  • Kavanagh de Prado, Eduardo. "El puñal bidiscoidal peninsular: tipología y relación con el puñal militar romano (pugio)". Gladius 28 (2008): 5-85.
  • Kavanagh de Prado, Eduardo, y Fernando Quesada Sanz. "Pugio hispaniensis between Celtiberia and Rome: Current research and analysis of the construction of the sheaths". En Limes XX: Estudios sobre la frontera romana, editado por Ángel Morillo Cerdán, Norbert Hanel y Esperanza Martín Hernández, vol. 1, 339-350. Madrid: Polifemo, 2009.
  • Quesada Sanz, Fernando. "Armamento indígena y romano republicano en Iberia (siglos III-I a.C.): compatibilidad y abastecimiento de las legiones republicanas en campaña". En Arqueología militar romana en Hispania II: producción y abastecimiento en el ámbito militar, editado por Ángel Morillo Cerdán, 75-96. León: Universidad de León, 2006.
  • Quesada Sanz, Fernando. "Hispania y el ejército romano republicano: interacción y adopción de tipos metálicos". Sautuola 13 (2007): 379-401.
  • Saliola, Marco, y Fabrizio Casprini. Pugio - Gladius Brevis Est: Storia e tecnologia del pugnale da guerra romano. Roma: Arbor Sapientiae, 2012.
  • Scott, I. R. "First century military daggers and the manufacture and supply of weapons for the Roman Army". En The Production and Distribution of Roman Military Equipment: Proceedings of the Second Roman Military Equipment Research Seminar, editado por M. C. Bishop, 160-213. Oxford: BAR International Series 275, 1985.

Fuentes Primarias Clásicas

  • Flavio Josefo. La Guerra de los Judíos (De Bello Judaico).
  • Suetonio. Vidas de los doce césares (De vita Caesarum). Especialmente las vidas de Galba, Otón y Vitelio.
  • Tácito. Historias (Historiae).
  • Tácito. Anales (Annales).
  • Vegecio. Epitoma rei militaris.
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